Por: Nicolás González-Quintero (@el_triciclo, @nicoagonzalez)
El pasado 29 de enero pudimos ver por Canal Capital, Impunity, un documental de Juan José Lozano y Hollman Morris sobre la llamada Ley de Verdad, Justicia y Reparación y el proceso de paz que se llevó a cabo por parte del gobierno de Álvaro Uribe Vélez con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Lo había intentado ver en su estreno en Colombia en el Teatro México y en varias universidades donde se proyectaría posteriormente pero no lo había conseguido. Y después de verlo este domingo, por televisión abierta, sólo puedo decir que quedé anonadado y sumamente conmovido. Conmovido con el dolor de las víctimas y con rabia por la manera, en que, como sociedad, las hemos tratado, privilegiando el relato político del mal necesario a su propio dolor.
En este documental, Lozano y Morris, nos narran cómo se llevó a cabo el proceso de paz con los paramilitares y la posterior extradición de sus líderes a Estados Unidos, enterrando toda posibilidad de verdad para las víctimas. En medio de este proceso nos muestran algunas imágenes sobre la violencia e influencia de los paramilitares en todo el país, su cercanía con las Fuerzas Armadas, sus vínculos con la política local (y la indignante escena en que son aplaudidos en el Congreso) y, sobre todo, el dolor de las víctimas en la búsqueda de sus seres queridos y de alguna explicación por la desaparición y muerte de sus familiares. Sin embargo fueron los testimonios de éstos últimos lo que más me conmovieron. En las absurdas audiencias en las que buscaban alguna razón sobre sus familiares, sólo recibían respuestas evasivas tipo “sí, mucha gente murió, pero es que tocaba hacerlo” o “no tengo conocimiento al respecto” o “mucha gente cercana a la guerrilla murió”. Dentro del llanto de las víctimas, sólo se escuchaban voces indolentes de algunos líderes paramilitares que hacían suya la teoría del mal necesario (tan extendida en Latinoamérica) y que no daban respuesta alguna al dolor de los demás. Solamente daban una razón. Esas personas murieron por algo. Y eso fue lo que los paramilitares y gran parte de la opinión pública le hicieron creer al resto de la sociedad.
Creo que lo importante de Impunity es que logra cambiar el eje en el cual la mayoría de la sociedad colombiana se ha acercado al problema del paramilitarismo. La teoría de que los que murieron tenían que morir, la teoría de que si murieron fue por algo. Pero al ver el llanto desgarrador, el dolor de tantas personas, uno se pregunta por qué le hemos dado razón, como sociedad, a esta teoría. No sólo es la injusticia que se dio al extraditar a los jefes paramilitares para evitar que siguieran contando la verdad, en especial sus nexos con políticos y empresarios, sino de la injusticia que ha cometido la sociedad colombiana al juzgar a las víctimas de los paramilitares como culpables de su propia suerte. Al ver el silencio de los paramilitares sobre muchos de los desaparecidos, nos podemos dar cuenta de la arbitrariedad de su conducta, la crueldad de sus ejecuciones y, sobre todo, la protección con la que contaron por parte de fuerzas del Estado colombiano para cumplir con sus objetivos. En este punto me pregunto por la responsabilidad penal de los implicados en estas desapariciones (jefes paramilitares y comandantes de policía y ejército) y también por la responsabilidad política de los gobiernos de Ernesto Samper Pizano, Andrés Pastrana Arango y Álvaro Uribe Vélez ¿En dónde estaba el Estado colombiano en estos momentos? ¿Luchando de la mano con unos criminales? ¿Aliados con unos mafiosos para enfrentar a otros mafiosos?
Por eso el llamado de Impunity para pensar en las víctimas me parece fundamental. En declaraciones del jefe paramilitar, Éver Veloza, mejor conocido como HH, queda claro que el paramilitarismo fue una alianza entre miembros del Estado colombiano, la clase política de varios departamentos, empresarios agroindustriales y criminales. Sin embargo, en sus declaraciones, nos muestra un hecho igual de alarmante: cómo la opinión pública no se conmovía ante las narraciones de los hechos macabros de los paramilitares, repetidas una y otra vez en artículos y declaraciones, sino que se indignaba porque los paramilitares contaban sus alianzas con los sectores antes descritos. No se condenaba el hecho de las alianzas en sí mismas, sino la supuesta honra de las personas denunciadas. Lo que decía HH, en sus declaraciones, era que hasta en estas acusaciones las víctimas quedaban en un segundo lugar. La repetición de su tragedia, ultrajados una y otra vez, no era tan importante para los colombianos. Al construir la teoría del mal necesario le dimos mayor importancia a un relato político que a su dolor. Fuimos incapaces de ver que la reconstrucción de la verdad tenía que darse en dos vías. A través del descubrimiento y condena de estos vínculos e intereses macabros, pero sobre todo a partir del reconocimiento del dolor del otro y su historia. No la simple, triste y miserable frase, “si lo mataron fue por algo”. En últimas, más allá de denunciar el desinterés del gobierno de Uribe Vélez por construir una memoria histórica sobre este conflicto y la verdad de los hechos, Impunity también denuncia la parsimonia e indiferencia de la sociedad colombiana. Es imposible no ver este documental y no preguntarse por qué dejamos que todo esto pasara, qué papel tuvo la sociedad colombiana en toda esta espiral de violencia sin sentido, por qué fuimos y somos, aun, incapaces de luchar por los derechos de nuestros compatriotas.
Al fin y al cabo en Colombia estamos acostumbrados a dejar a la gente a su suerte. O, más bien, a creer que la gente tiene la suerte que se merece. Es bajo esta excusa que hemos desterrado a las víctimas de nuestra memoria.
Aquí pueden ver Impunity completo en Vimeo

Me quedó una duda desde los primeros segundos del documental. ¿Es cierto que el fenómeo paramilitar comenzó en los 90`s en Antioquia? Evidentemente el lío acá va más allá de la reconfiguración semántica. Es ese juego, cabría una segunda inquietud que, insisto hay que resolverla: ¿Estamos hablando del paramilitarimo o del movimiento de autodefensas? El abordaje conceptual es importante para explicar contextos y una impresición en ese pequeño detalle podría ubicar la atención en otros lugares de la historia que pueden ser no muy justos con la realidad. Obvio que en todo esto está en juego lo que en los medio s tradicionales se ha denominado la “parapolítica”. El génesis, el que corresponde al lugar histórico, es anterior a los noventas. Así las cosas, habría que definir -y preguntarse si para efectos del documental- si no era mejor si quiera indagasrse si no fe precisamente en Antioquia sino en Boyacá, como apuntan otros historiadores. El bello y ultrajado Magdalena Medio colombiano, que es amplio y megadiverso, también pudo ser la cuna del fenómeno. El documental, a todas luces, no deja rastro de esa inquietud. Por eso, desde el principio, sentí que le faltó algo. Coincido con González sobre la importancia de visibilizar el dolor de las víctimas y cómo hemos esquivado las problemáticas que eso supone. Ahí el documental es rico y generoso. No obstante habría que preguntarse también: ¿será que los victimarios, inexorablemente preguntaban o sabían con certeza tanta información sobre sus víctimas? Lo que nos ha enseñado la historia de los conflictos armados es que en las sangrientas escaladas de violencia, los verdugos, destruyen, acaban, asesinan y desaparecen casi sin preguntar. En esa asquerosa empresa criminal, como en todas las guerras, la listas de inocentes caídos va más allá de la memoria de sus victimarios. Esa terrible encrucijada es el máximo reto de la justicia. El documental nos recuerda el dolor y los rastros de la misma. Como documento histrórico no deja de ser interesante toda vez que no se cierra en la muy generalizada versión oficial de los hechos. A la opinión pública, al mero observador y a la historia de Colombia, le urge que se incorpore esta mirada y se ponga en contraste con las demás.
Creo que es importante llamar la atención sobre las preguntas que deja abiertas el documental. Yo pienso en dos: la primera relacionada con la evolución del fenómeno del paramilitarismo a lo que ahora llaman las BACRIM y su fuerte influencia (la pudimos ver en el paro armado que promovieron en la costa norte a finales del año pasado). ¿Cómo enfrentarlo?, ¿qué papel tendríamos que asumir nosotrxs ciudadanxs indignadxs por el documental Impunity frente a esto?
La otra pregunta tiene que ver más con lo que muestra el documental en sí. Me llamó mucho la atención la manera como estaban dispuestos los espacios para las audiencias con los jefes paramilitares. Esa manera de colocarlos en una habitación aparte y las personas viendo en una proyección teniendo que filtrar sus preguntas y su dolor a través de funcionarios de la Fiscalía. Y todo esto para recibir respuestas como las que mencionas… creo que incluso desde lo simbólico ese proceso no tenía sentido. Era un ejercicio que no buscaba justicia ni reparación porque la violencia no cesó en ningún momento. Solo que ahora estaba cargada de profunda ironía como el hecho de que el ataud no quepa en la tumba. Parece un chiste de mal gusto… No conozco acerca de procesos similares (si acaso he visto películas sobre lo hecho en Sudáfrica) por lo que me queda la gran pregunta por la viabilidad de un ejercicio como este en nuestro país. Gran, gran pregunta…
¿Paramilitares? ¿Víctimas de los paramilitares? Pero si aquí el único problema y los únicos que ponen muertos son las Farc.
Ivan hablas como un paramilitar!!!
Creo que Iván hablaba sarcásticamente. Un saludo.
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